María Victoria Fernández | GRANADA
De tribus y linajes: La presencia del hombre
Algunos núcleos de población recibieron, originariamente, el nombre de la tribu o clan familiar al que pertenecían. Así, por ejemplo, el actual Alhendín, una de las muchas propiedades que los reyes nazaríes tenían en la Vega, se formó con miembros de una tribu árabe yemenita procedentes de la ciudad oriental de Hamdam. Lo mismo ocurre con Cacín cuyos pobladores pertenecían a la tribu árabe de Gassan los gassaníes que ejercieron una gran influencia en Granada desde el siglo VIII formando un linaje del que salieron importantes literatos y hombres de leyes.
La entrega de tierras como botín de guerra o recompensa
a la trayectoria política o militar de un determinado
personaje, fue una práctica habitual entre los árabes
pero, también, entre los cristianos. Los primeros las
recibían, normalmente, como una concesión del
gobierno en arrendamiento hereditario que se transmitía
de padres a hijos y que sólo revertía al Estado
por confiscación o falta de cultivo. Por eso, para
explicar muchos de los nombres propios de nuestra toponimia
hay que hacer referencia a la profunda raiganbre del derecho
a la propiedad que ha sido común a todas las razas
Tenemos, por ejemplo, a Moriel del que se desconocen sus datos
y genealogía pero a cuyos descendientes ya se les menciona
en el siglo XIII ligados a la localidad de Avenmoriel (Benamaurel)
según el estudioso Angel José Martínez
Bocanegra. No obstante, en Granada tenemos escasos topónimos
con el prefijo Ben o Bena derivado
del término árabe Ibn (hijos o descendientes
de...) a diferencia de otras zonas, como la levantina,
donde perduran numerosas poblaciones que remiten a sus antiguos
propietarios (Benicasin, Benicarló, Benidord, Benifallet,
etc.).
Vélez Benaudalla es, por otra parte, un caso típico de cómo ciertos topónimos prerromanos fueron deformados por la fonética y la morfología árabe. El original término latino vallis (valle) derivó en el periodo nazarí en Billis o Balis al que, en este caso, se le añadió el sufijo Ibn Abd Allah (Valle de los hijos de Abd Allah) en referencia a una célebre familia que habitó en estas tierras.
Típicamente romano es el topónimo de Pulianas
que procede del nombre latino Paulus o Paulius
y que, al igual que en otras muchas localidades, se le añadió
la terminación femenina ana que llevaba
implícita la denominación de villa,
en este caso concreto, villa de Paulius. Los árabes
la llamaron Buliana aunque su primitiva forma
de plural revela la existencia desde época romana de
dos localidades con la misma toponimia: Puliana la Grande
y Puliana la Chica, en tiempos más recientes conocida
Un caso similar ha ocurrido con Maracena, otra villa romana
llamada originariamente Marcana y, más
tarde, Maraçana, que tomó su nombre
de su antiguo propietario, Marcus, o Churriana, la antigua
villa Sauriana, derivación del nombre latino
Saurius o Surius a la que los árabes llamaron Yurliyana.
Dentro de este apartado cabe citar, asimismo a Chauchina,
a la que se le llamó Chalchena o Chauchena,
otra villa romana de la Vega a quien los árabes denominaron
Yabyana pero cuyo origen parece estar en el gentilicio
romano Sancius, aunque otros interpretan su término
como una derivación de la voz latina salix
(sauce).
Los árabes mantuvieron en sus alquerías (aldeas),
fincas rústicas con una o más edificaciones,
la misma estructura que los romanos con sus villas.
Y, así, mantuvieron en las próximidades de Granada
a Armilla que, al igual que Pulianas o Las Gabias fueron originariamente
dos localidades llamadas por los nazaríes Armillat
al-Kubra (Armilla la grande) y Armillat
al-Sugra (la chica), escenario de continuas
hostilidades en los últimos años del reino nazarí,
Armilius.
Cuando los textos hablan:
Almuñécar y Atarfe, realidad o leyenda
Poco generosos en sus descripción fueron los geógrafos
árabes con la antigua Sexi de los fenicios, Almunécar,
(Al-Munakkab) de la que hablan de su riqueza en
pesca y frutas pero cuyo nombre, decían, induce a mal
agüero y «conviene seguir dándole de lado».
Ben al-Jatib afirmaba en el siglo XIV que sus caminos eran
de tan difícil acceso que impedía que la frecuentabaran
los reyes; que su aire estaba tan corrompido que predominaban
las pestes; sus vecinos eran envidiosos y, por si fuera poco,
escaseaba el trigo y las grasas...
Algún estudioso señala que Al-Munakkab
significa «alejarse», desviarse» y no es
extraño si se tiene en cuenta que era un importante
puerto de mar donde fondeaban naves y tripulaciones de toda
la cuenta del Mediterráneo. Un texto árabe da
cuenta de cómo un tal Abd al-Rahman, cuando iba a atravesar
el mar hacia Almuñécar, preguntó su nombre
y al decírselo exclamó: «Pues alejaos
de ella», lo que también avalan otros historiadores
árabes en referencia a su funesto significado. Incluso
prestigiosos autores contemporáneos, como Miguel Asín
dice que Al-Munakkab significa el pueblo
al que se le da la espalda aunque otros quieren ver
su etimología en las voces Munt Qabb, Monte
del Cabo.
Más rozando en la leyenda está el significado
que muchos quieren ver en el topónimo de Atarfe ( Al-Tarf=el
límite, el puntal) al que, erróneamente,
se le atribuye su nombre al conocido como moro Tarfe, un personaje
inventado por los viejos romances sobre los desafíos
caballerescos en la conquista de Granada y que, según
recogió la leyenda popular, le hizo enfrentarse a Garcilaso
de la Vega.
De
Singilis a Genil
Los romanos lo llamaron Singilis, los árabes transcribieron su nombre como Sinyil, Sannil y también Sinnil y durante la Edad Media y parte de la Moderna se le conoció como Guadaxenil. Autores árabes lo describen como uno de los más bellos y maravillosos ríos que entonces existían, en el cual afirman «se encuentra un pez de una virtud admirable que los médicos prescriben para combatir la fiebre y se llama radradi» que quiere decir pez que vive entre las güijas del fondo del río. Otros eruditos decían que el Sannil y la Vega le bastaban a Granada para gloriarse, aunque el más famoso de todos, Ibn al Jatib, dice: «No se envanezca Egipto con su Nilo pues mil de ellos hay en el Sannil de Granada», idea en la que profundizó cuando en otro pasaje de su obra señala que «el Sinyil atraviesa la Vega de Granada... y pasa por Sevilla, donde es un gran Nilo» lo que dio lugar a que otros autores árabes llamaran a Sevilla madinat as-Sinyil (la ciudad del Genil). Los arabistas interpretan el vocablo sin con cien y Nil con el Nilo por lo que, literalmente, el actual nombre de Genil tendría el significado de Cien Nilos aunque, lo más probable, es que dicha denominación exteriorizara un exaltado cántico por el río granadino que no tenía que desmerecer al que atraviesa Egipto aunque, hoy día, nada tenga que ver con las bellas palabras y descripciones que evocó. Estrechamente vinculada con el Genil está Cenes de la Vega, para los árabes Qaryat Sinis, (Barrio del Genil) que, aún, a medidados del siglo XIX, Madoz llama Senes. Este núcleo fue un tradicional centro de cría de la seda que, según Mª Carmen Calero Palacios, fue sometido a un profundo proceso repoblador tras la sublevación morisca de la Alpujarras, para llenar el vacío de población que se produjo a finales del siglo XVI. |