opinión
Una biografía con aceite de oliva
Andrés Cárdenas | Periodista
A partir de cierta edad algunos sentidos se interrelacionan tanto que ya no sabes distinguirlos. La otra mañana, por ejemplo, iba en un autobús de Madrid y oí la palabra ACEITE, así, con mayúscula, y los sentidos del olfato, de la vista y del sabor se mezclaron y provocaron en mi interior un reflujo de nostalgia. Enseguida se me vino a la mente todo el aceite que había probado, olido y visto en mi vida. El que me daba, por ejemplo, mi madre por las tardes cuando salía de la escuela echado en un hoyo hecho en una moña de pan. O el aceite virgen que utilizaba mi tía solterona -también virgen- para freír los boquerones. O el que mi padre le echaba a la ensalada, que decía que era de la primera prensá. O el que yo veía echar a Aquilino, el de la tienda de ultramarinos -¡qué palabra tan bonita!- con una máquina en la que un émbolo subía y bajaba accionado con una manivela. O el que yo olía cuando en la almazara que había enfrente de mi casa prensaba las aceitunas con los capachos de esparto. O el que yo probaba con una cuchara porque mi abuela decía que era muy bueno para que no tuviera lombrices. O el que se echaba sobre una taza donde nadaban cuatro o cinco mariposas que chisporroteaban en la oscuridad de la cocina.
También vino a mi mente el recuerdo de que en mi casa teníamos dos grandes cántaras en las que guardábamos el aceite. Una, la que contenía el aceite nuevo, estaba en la cámara, en la parte de arriba de la vivienda. La otra, que contenía el aceite de la anterior cosecha, estaba en la parte de abajo, en el sótano. Y me acordé de que cuando mi madre me ordenaba que llenara la alcuza, el candil o las aceiteras, yo siempre le preguntaba lo mismo:
-¿De arriba o de abajo?
-De abajo, que es el aceite viejo.
En fin, tantas cosas evocaba en mí ese producto de mi infancia que cuando salí del autobús me entraron unas ganas enormes de comerme una tostada de aceite. Me dirigí a la primera cafetería que había camino de mi destino final y pedí un café y media de aceite. Entonces el camarero me preguntó:
-¿De la parte de arriba o de la parte de abajo?
Me hizo gracia y le respondí con la misma frase con la que me contestaba mi madre:
-De abajo, que es el aceite viejo.
El camarero me miró con cara de «verás tú éste que quiere quedarse conmigo».
-Me refiero al bollo de pan, que si lo quiere de la parte de arriba o de la de abajo -comentó el camarero a un punto del mosqueo.
Le dije que perdonara, que no lo había entendido y que lo quería de la parte de abajo. Al poco tiempo tenía la tostada delante de mí. La cogí y le eché casi todo el aceite que contenía la aceitera.
-Usted es de Jaén ¿no? -me preguntó el camarero al cobrarme.
-¿Cómo lo sabe?
-Pues muy sencillo, porque no come pan con aceite, sino aceite con pan.
Y es que hay productos que delatan nuestro origen. A mí, allá por donde he ido, siempre me ha delatado el aceite de oliva.
Especial Expoliva Jaén | Redacción Ideal Digital