Carlos V- Quinto Centenario  

 

Las conmemoraciones de 1959

En Alemania, Austria, Bélgica, Italia, Luxemburgo y Holanda se está trabajando desde hace meses para conmemorar el V centenario del nacimiento del emperador Carlos V que se cumplió el 24 de febrero del año 2000

Luis Moreno Nieto
Cronista oficial de Toledo

Toledo será la sede principal de los actos conmemorativos a celebrar en España con una grandiosa exposición que tendrá carácter itinerante y que después de recorrer Gante, Bonn y Viena podrá admirarse en Toledo entre el 1º de octubre del año 2000 y el 2 de enero del 2001. Al cumplirse los cuatrocientos años de su muerte en Yuste, acaecida el 21 de septiembre de 1558, Toledo le rindió homenaje con una magna exposición instalada en el antiguo Hospital de Mendoza, hoy museo de Santa Cruz, bajo el título de Carlos V y su ambiente a la que contribuyeron varios museos europeos, catedrales, iglesias parroquiales y corporaciones. Entre los centenares de objetos que figuraban en aquella memorable exposición recordamos los siguientes: un altar portátil del siglo XVI enviado por la Catedral de Segovia, un gráfico de las campañas del emperador realizado sobre una carta de la época, ejecutorias de nobleza del año 1550; un retrato de Carlos V por Berbnard van Orley conservado en la Catedral de Brujas, un busto de Carlos V joven, obra anónima del siglo XVI, un atril de coro en bronce dorado del mismo siglo, un fragmento del tríptico conservado en la iglesia de San Pedro, de Zamora, de autor anónimo flamenco que representa a Carlos V vestido de rey Salomón, la maravillosa custodia de Enrique de Arfe que se conserva en la Catedral de Toledo y un extraño retrato de Carlos V que sólo podía verse desde determinada perspectiva a través de una mirilla instalada entre el cristal y el lienzo. Los tapices, las armas y las armaduras junto con los cuadros eran lo más interesante de la exposición. La familia y la corte del emperador estaban representadas en interesantes pinturas y en importantes documentos. Allí estaba el retrato del cardenal Tavera, el mejor amigo del monarca pintado por El Greco. También se exponían la daga y la espada de Felipe el Hermoso el guantelete y la espada de Francisco I y los retratos de Quijada y su esposa doña Magdalena, los discretos educadores de don Juan de Austria. Se ostentaba en la planta superior del soberbio edificio un paño del Tanto Monta de los Reyes Católicos y los documentos del Concilio de Trento. El cabildo de Zamora envió tapices sobre temas eucarísticos y el monasterio de Guadalupe envió las casullas y las dalmáticas confeccionadas con el traje más rico de la emperatriz Isabel, la esposa de Carlos V.

Gregorio Marañón (izquierda) y Gallego Burín ante la armadura de Carlos V en la exposición de 1959.

El alma de aquella magna exposición toledana fue, sin duda, el granadino Gallego Burín. Más de una vez se cruzaban los toledanos por esas calles de Dios con el director general de Bellas Artes. Era un hombre delgado, ágil, de ojos menudos, que lo examinaba todo y no dejaba ningún detalle en el aire, enamorado de Toledo como de una novia con la que se quisiera pasear todas las tardes por los senderos de los cigarrales o de los cármenes. Entonces tuve el honor de acompañarle unas horas durante sus recorridos nocturnos por la ciudad imperial: a veces alumbrado con una cerilla dictaba sus instrucciones a arquitectos y técnicos en la vieja Posada de la Santa Hermandad: la reforma de la plaza del Ayuntamiento y de la lonja de la catedral, la recuperación del Palacio de Fuensalida, ahora sede del gobierno regional, etc., y sobre todo la exposición carolingia en Santa Cruz. Y él decía que no había hecho más que empezar: quería también rehabilitar la casa nativa de Garcilaso de la Vega, reformar el acceso a la ciudad por Bisagra, proseguir las excavaciones del Circo Romano, reparar la plaza de Zocodover, ampliar el museo del Greco, etc. Se hubiera dicho que Gallego Burín, lejos de su Granada, encontró en Toledo sus complacencias de hombre que vivía por y para el arte y se alimentaba del contacto diario con sus manifestaciones más genuinas; él explicaba la incomprensión de muchos, le dolía la oposición de algunos, no transigía con los grandes rótulos comerciales de las fachadas cochambrosas que afeaban la ciudad. Era de los que amaban a Toledo a pesar de algunos toledanos. Era toledano de adopción pero de pura cepa, capaz de dar lecciones de auténtico toledanismo a más de cuatro. Toledo honró su memoria tributándole un homenaje en la puerta de Bisagra cuando su cadáver era trasladado desde Madrid a su Granada natal.

En un reportaje publicado por José María Gómez en Blanco y Negro del 8 de noviembre de 1958 se comentaba el marco donde tuvo lugar aquella memorable exposición con estas palabras: «Difícilmente se hallaría lugar más apropiado y emotivo que este Hospital de la Santa Cruz de Mendoza para instalar la exposición. El Hospital es como un relicario de la Historia. Por la categoría de su fundador: aquel que mereció el título de Gran Cardenal de España; por su situación: a la sombra del Alcázar, a la vera –¡ay, sólo el solar!– de la Posada de la Sangre, inmortalizada por Cervantes en La ilustre fregona; por su arquitectura: maravilloso estilo plateresco, que es el renacimiento en su versión española, y hasta por su contenido actual, pues en las salas restauradas se halla la Biblioteca Municipal con sus preciados incunables y el Museo Arqueológico Provincial, donde las estatuas yacentes de los condes de Cedillo y el obispo don Pedro López de Ayala –desnarigados por el gusano del tiempo– traen a la memoria aquellas estrofas manriqueñas que añoraban el destino de reyes, príncipes, damas, caballeros y galanes. Magnífica es a fe la exposición, pero tan extraordinario como ella es el lugar elegido para su instalación. El director general de Bellas Artes, don Antonio Gallego Burín, nos decía a este respecto que muchos le habían aconsejado la organización del certamen en Madrid, donde mayor número de público lo visitaría, pero que dónde iba a encontrar en la capital un edificio de las características del de Toledo, a más de la vinculación de la ciudad al emperador.

Tienda de campaña de Carlos V, con marcado ambiente oriental. .

La tienda de campaña del emperador contra los turcos, que se conserva en el museo del Ejército de Madrid, presidía una gran sala dedicada a las batallas; en ella figuraban los tapices de la colección de Túnez aportadas por el Patrimonio Nacional, las armaduras y las espadas del monarca joven y de su madurez castrense y las de Felipe II, aparte de las cartas o mapas de las campañas del emperador. Era especialmente impresionante la sala del Toisón de Oro con los retratos del rey Felipe y de doña Juana la Loca. Se dedicó también un recuerdo a los grandes capitanes del emperador García de Paredes, Hurtado de Mendoza, el marqués del Basto y el duque de Alba. Otra sala dedicada a América contenía muestras de la civilización quinmbaya y las cerámicas peruana y mejicana. Las aportaciones particulares estaban representadas por una colección de muebles de la época, de José Manuel González Valcárcel, armas y documentos propiedad de Sánchez Cantón, reposteros del duque de Alburquerque, relojes de Pérez Olaguer y ejecutorias de Mateu, etc. En el testero frontal del museo se ostentaba el Cristo del convento granadino del Angel: el dibujante Miclano había trazado un dibujo gigantesco en forma de tríptico con escenas del concilio de Trento. En el centro del crucero sobre un pedestal se erguía la estatua de Carlos V en bronce de Leoni y cerca de ella otra de la emperatriz Isabel. Cubrían los muros de las naves setenta tapices procedentes de la catedral y de varios países europeos. En vitrinas perfectamente iluminadas pudieron admirarse las armas del emperador y de su padre procedentes de la Armería Real, retratos varios, arneses y armaduras de la colección del duque de Medinaceli junto al trono confeccionado con un traje que Isabel de Portugal regaló al monasterio de Guadalupe. En el piso superior se mostraba la tienda de campaña que usó el emperador en la campaña de Túnez, recuerdos de sus campañas contra los protestantes, colecciones de monedas y medallas y, coronándolo todo, la joya impar de la custodia de Arfe enmarcada en la vitrina octogonal que había regalado Barcelona al cabildo de la catedral.

Los actos celebrados entonces para inaugurar la exposición de Carlos V y su ambiente fueron presididos por el ministro de Educación, señor Rubio, que fue recibido en la puerta de Bisagra por las autoridades y corporaciones: allí inauguró una estatua del emperador, reproducción de la de Leoni: pronunciaron discursos el ministro y el alcalde de Toledo, señor Conde Alonso. Asistieron el ministro de Estado de Bélgica, señor Gillón; los alcaldes de Brujas y de Gante y el director general de Bellas Artes, Gallego Burín, junto a Camón Aznar, Figuerola Ferreti, los alcaldes de Madrid y de Lisboa, el premio Nobel de Física Sur John Cockeroft, el doctor Marañón y los embajadores de Finlandia, Venezuela, Alemania, Marruecos, Austria y Nicaragua. Carlos V visitó Toledo por primera vez el día 2 de abril de 1525. Luego estuvo en varios pueblos de la provincia: Casarrubios del Monte, Santa Olalla, Cazalegas, Puente del Arzobispo, Oropesa, Calera, Talavera de la Reina, Cebolla, Torrijos y Olías del Rey. En el Alcázar toledano decía que se sentía más emperador que en ningún otro sitio; desde allí escribió el 20 de noviembre de 1525 una carta al obispo de Grassi y señor de Mónaco, monseñor Grimaldi, dándole cuenta de su casamiento con Isabel de Portugal. Y en manos del toledano cardenal Tavera dejó su testamento «a veinte días del mes de marzo de 1529 años».

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