Los alcaldes de la Granada del siglo XX
Antonio Camacho
Ex alcalde de Granada

En los últimos años de nuestra ya no tan joven democracia, todos los alcaldes de Granada, con la excepción del abajo firmante, han agotado sus mandatos. Esta circunstancia nos debe enorgullecer ya que, sin duda, constituye un síntoma de estabilidad, convivencia y normalidad democrática. Ya sea en solitario –con el apoyo de los votos del partido que los sustentaba– o formando pactos ‘bipartitos’ o ‘tripartitos’, las distintas corporaciones locales han concluido los distintos períodos para los que fueron constituidas.

Y eso se ha conseguido a pesar de que los concejales de la oposición, sean del signo político que sean, se han encargado de airear los fallos a bombo y platillo, no reconociendo jamás los aciertos del contrario por muy claros y manifiestos que éstos fueran. Ya se sabe que con la crítica se arañan votos y con el reconocimiento del acierto ajeno no. Pero no dejaría de ser un ejemplo para la ciudadanía que los políticos reconocieran que alguna actuación ha sido acertada, aunque ésta haya salido de algún adversario político.

Pues bien, a pesar de los pesares, vivimos, desde mi punto de vista, en el período de mayor estabilidad y más sana convivencia ciudadana de los 500 años de historia de nuestro Ayuntamiento. Lamentablemente, no siempre ocurrió lo mismo. Nuestra historia municipal está plagada de casos de alcaldes que no llegaron a concluir su mandato por diferentes circunstancias políticas, históricas o personales. Hubo un tiempo en que ser alcalde de Granada, además de un orgullo, constituía un sacrificio y, a menudo, un riesgo.

La conmemoración del V centenario de nuestro Ayuntamiento nos puede servir de motivo para hacer un breve recorrido por los alcaldes de Granada del siglo XX que, por uno u otro motivos, apenas tuvieron tiempo de acomodarse en el sillón que preside nuestra corporación municipal.

Pocos granadinos recordarán nombres como Francisco Aurioles Hidalgo, Felipe Lachica Mingo, Manuel Sola Segura, Manuel García Tarifa, Santiago González Sola, Vicente Almagro Sanmartín, Antonio Ortega Molina, Germán García Gil de Gibaja, José Gómez Giménez o Eduardo Navarro Senderos. (Ustedes sabrán disculpar la ausencia del tratamiento delante de cada alcalde. Entendemos que lo damos por supuesto por mor de no repetir.) Todos ellos fueron alcaldes de Granada en el breve período de tiempo que va de 1914 a la Dictadura de Primo de Rivera. Para conocer o recordar las circunstancias históricas de la época es significativo, si consultamos nuestros archivos municipales, que en las actas de toma de posesión de los anteriores alcaldes, junto al nombre y fecha, aparece con cierta frecuencia la leyenda: «Mayor contribuyente». En aquellos tiempos era un mérito para ser alcalde la posición social y económica.

El día 1 de octubre de 1923 toma posesión de la Alcaldía José Tripaldi Herrera, durando únicamente cinco días, ya que la Dictadura de Primo de Rivera decidiría por Orden o por Decreto, según los casos, quién iba a estar al frente de las distintas corporaciones. En Granada le tocó la suerte a Antonio Díez de Rivera y Muro, marqués de Casablanca. Hasta la llegada de la II República, seguirían al marqués Mariano Fernández Sánchez-Puerta, Francisco Garrido Jiménez, Joaquín Ramírez Antrás y Fermín Garrido Quintana; todos ellos con mandatos ciertamente breves.

Desde abril de 1931 a octubre de 1934 se suceden al frente de nuestro Ayuntamiento José Martín Barrales, José Pareja Yébenes, Francisco Menoyo Baños, Jesús Yoldi Bereau, José Palanco Romero y Ricardo Corro Moncho. En este período, la Alcaldía suponía un auténtico sacrificio. En ellos se destaca su reconocido prestigio intelectual y social, haciéndose cargo del bastón municipal, más por obligación moral e intento de defender a los sectores más desfavorecidos de la sociedad granadina que por un deseo de ganar un renombre que no necesitaban, sin perjuicio del orgullo que siempre supone presidir el Ayuntamiento de una ciudad como Granada.

En la etapa de Gil Robles, el Gobierno, por mediación del gobernador civil, destituye a la corporación democráticamente elegida y constituye una comisión gestora que estuvo presidida sucesivamente por Juan Félix Sanz Blanco, Miguel Vega Rabanillo y José Navarro Pardo. Posteriormente, tras las elecciones de febrero de 1936 y el triunfo del Frente Popular, vuelven a sentarse en el Ayuntamiento, con algunas excepciones, los miembros de la corporación destituida en 1934, siendo alcalde Luis Fajardo Fernández y, más tarde, el 1 de julio del mismo año, Manuel Fernández Montesinos; siendo éste asesinado poco después en los primeros días de nuestra lamentable lucha fratricida. La misma suerte seguirían el resto de los concejales que componían el Frente Popular.

Los alcaldes de la etapa franquista tuvieron unos mandatos generalmente duraderos y estables, con la excepción de Miguel del Campo Robles, que estuvo al frente del Ayuntamiento durante parte de la guerra civil.

Le sigue Antonio Gallego Burín, alcalde de Granada desde el 3 de junio de 1938 al 26 de julio de 1951, –excepto desde el 23 de octubre de 1940 al 15 de noviembre de 1941 en que fue alcalde Acosta Inglós–. De todos es bien conocido que, a pesar de lo no democrático de su nombramiento, es recordado por muchos granadinos como una persona íntegra y que dejó una huella imborrable en nuestra ciudad. A Gallego Burín, que dimite tras ser nombrado director general de Bellas Artes, le sucede Juan Ossorio Morales quien, a pesar de estar sólo dos años al frente del Ayuntamiento, será recordado por ser un gran gestor, además de un prestigioso civilista. De lo anterior doy fe, ya que Ossorio fue presidente de la junta de gobierno de la Caja de Ahorros y allí se distinguió por su comprensión y generosidad con el personal. A Ossorio le sucederían Manuel Sola Rodríguez-Bolívar, José Luis Pérez-Serrabona y Sanz, al que me unía una buena amistad, y Antonio Morales Souvirón.

El 19 de abril abrimos un nuevo período democrático, saliendo elegido alcalde el abajo firmante pese a encabezar la tercera lista en votos detrás de UCD y PSA, todo ello tras permutar la Alcaldía de Granada por la de Sevilla. Tras dimitir seis meses después alegando motivos personales, se produce el mandato más breve de un alcalde granadino, el de Juan Tapia Sánchez, quien tomó posesión por imperativo legal al ser el siguiente en la lista y dimitió en el mismo acto, tomando posesión Antonio Jara Andreu. A Jara le sucederían Jesús Quero Molina, Gabriel Díaz Berbel y el actual alcalde, José Moratalla

No es mi intención, en este pequeño viaje por los alcaldes del siglo XX de la ciudad de Granada, hacer un análisis de su gestión, especialmente desde Manuel Sola a José Moratalla. Dejo en manos de los ciudadanos granadinos esta tarea que, sin duda, tendrán opiniones distintas de cada uno de ellos en función de sus afinidades o de la valoración de cada uno de los ‘fallos’ o ‘aciertos’ de nuestros gestores. Sirva este brevísimo repaso por los nombres que han presidido nuestro Ayuntamiento en el siglo XX, aún no acabado, para hacer un pequeño homenaje a aquellos hombres que fueron alcaldes cuando eso suponía un sacrificio en momentos históricos muy difíciles y que, en algunos casos, pagaron con su vida

Para acabar, podríamos hacer una reflexión sobre el cada vez más importante papel de los Ayuntamientos en las vidas de los vecinos. Sin perjucio de que en Europa, Madrid o Sevilla se tomen decisiones fundamentales que a todos nos afectan, es en los Ayuntamientos donde se administran las competencias que, en la mayoría de los casos, más influyen en la calidad de vida de los ciudadanos: tráfico, urbanismo, embellecimiento de plazas y jardines, limpieza, ruidos, cultura, etc., sin olvidar que es desde los Ayuntamientos desde donde más se puede impulsar la participación ciudadana como la manifestación última y más fundamental de la convivencia demócrática. Démosle, pues, a los Ayuntamientos la indudable relevancia que tienen, recordándole a los actuales políticos que ser concejal debe ser entendido como un cometido extraordinariamente importante y no ser utilizado como trampolín para metas políticas más ‘altas’. Antonio Camacho García